domingo, 18 de agosto de 2013

En tierra de gigantes: Nate Robinson (I)



Habituados como estamos a simplificar cualquier suceso que acontezca en nuestras vidas, es muy recurrente en la naturaleza humana pensar en el eterno axioma son cosas del destino. Sin embargo de todo lo que nos sucede en ella, poco se deja al destino. El “fruto de la casualidad” no se recoge si antes no se ha sembrado para ello y, por lo tanto, por extraño que parezca el espacio que reservamos durante nuestra existencia a los designios de la fortuna es mucho menor de lo que pensamos.

Este es el punto de partida de la historia de Nate Robinson, un jugador cuya vida estaba predestinada a algo muy lejano al baloncesto y sólo su empeño por llevar la contraria a la genética y el legado familiar logró rescribir una historia que aún no conoce su capítulo final.

El inicial lo hayamos en Seattle, ciudad que lo vio nacer y crecer. Nate es el mayor de ocho hermanos (tres chicos y cuatro chicas)… de padres diferentes. Hijo de Jacque y Renee, sus padres se separaron al poco de tenerle e hicieron vidas paralelas resultado de las cuales su padre tuvo dos hijos y tres hijas más y su madre otro hijo e hija.

Dadas las circunstancias, quizá lo normal sería ahora seguir con una turbia narración de la infancia del pequeño Nate pero no. La normalidad se instaló donde a priori no debía y pese a la separación de sus padres y la distancia con sus hermanos, en todo momento Nate fue un niño feliz que creció jugando y cuidando de sus hermanos. Pronto aprendió a cambiar pañales y dar biberones a sus hermanos por lo que no es nada raro ver como, años más tarde sería el propio Nate quien formaría una familia precoz. Aún estudiando en la Universidad, Nate y Shenna Felitz tuvieron a Nahmier Caillou, para después tener otros dos hijos más (Ny’ale Cameron y Navyi Caiann).

Como decimos, Nate creció en un ambiente familiar sano, feliz y deportivo. Se puede decir que ni a él ni a sus hermanos nunca les faltó de nada y tuvo en su padre al perfecto ejemplo a seguir. Jacque Robinson, fue, es y será el gran icono al que Nate admira.

Jacque jugó en la Universidad de Washington como tailbak en el equipo de fútbol americano logrando ser MVP en los torneos de la Rose Bowl (1982) y Orange Bowl (1985), éste último cuando Nate ya tenía un año de vida. Y aunque posteriormente sólo jugó una temporada en la NFL (Buffalo Bills), ello no restó un ápice al interés que su hijo siempre mostró por el fútbol americano. De hecho, hoy Nate Robinson es conocido por sus habilidades con un balón de baloncesto y sus excentricidades sobre la pista, pero las primeras noticias de las que él fue protagonista hablaban de un prometedor jugador de fútbol americano.


La polivalencia de un portento físico
A mitad camino entre el deseo de seguir los pasos de un padre idolatrado y la voluntad de éste por ver como su hijo continuaba con el legado deportivo, Nate Robinson comenzó a practicar el deporte familiar. Su constitución pequeña y poderosa de tren inferior, le hacían ideal para posiciones defensivas y de corredores. Por suerte, este camino no fue el único y Nate siempre tuvo una inquietud aún mayor por el baloncesto. Éste siempre estuvo en su imaginario diario y en sus piernas. Desde el primer día que comenzó a practicarlo, su altura no fue un condicionante, más bien al contrario. Ver a un chico tan pequeño jugar tan bien y con unas condiciones atléticas tan impresionantes llamó la atención de entrenadores y compañeros. Estos primeros seguramente alucinarían con aquel imberbe jugador que realizó su primer mate con 13 años y apenas 170 centímetros de altura.

Fútbol, baloncesto… pero también atletismo. Para aquel joven la vida en el instituto iba de un entrenamiento a otro y poco le importaba placar, evitar placajes, hacer mates o saltar vallas. Él era feliz practicando deportes y cosechando éxitos, sobre todo, en baloncesto. En su último año Robinson lideró a Rainier Beach al título estatal promediando 17,9 puntos, siete rebotes y siete asistencias. Fue elegido jugador del año en Washington y el recuerdo de aquellos años aún perdura a modo de camiseta retirada en 2010. Eran tiempos buenos, sin muchas ataduras y con las inquietudes propias de la edad. Pero en esta vida cuando nos hacemos mayores tenemos que tomar decisiones, priorizar asuntos y el embudo deportivo de Nate comenzó a estrecharse y dejar fuera al atletismo. Quizá su extrovertido carácter no lo hacía adecuado para un deporte tan sufrido e individual como el de las zapatillas de correr.

El instituto daba paso a la universidad pero la duda entre el fútbol americano y el baloncesto seguía estando muy presente. Debido a su talento en el fútbol americano, recibió varias ofertas de universidades interesadas en reclutarle y quién más apostó por él fue la prestigiosa Universidad de South California (USC) de la mano de Pete Caroll. Pese a este interés, Nate declinó esta oferta y se decantó por la posibilidad de compaginar los programas de baloncesto y fútbol americano. Pese a su condicionante físico y las reticencias familiares, Nate tenía claro que su auténtico deseo era el de ser profesional de la canasta… aunque no quería descartar la vía del fútbol. Siguiendo las huellas de su padre, Nate tomó la nada fácil decisión de ir a la Universidad de Washington.

Gracias a las facilidades de un calendario deportivo que no se solapaba, Nate Robinson pudo compaginar sus dos deportes favoritos y si bien comenzó la temporada jugando a fútbol americano, Nate no perdió oportunidad de acercarse cada tarde al gimnasio para entrenar una hora lanzando a canasta. Como jugador de fútbol americano, su año de rookie fue notable llegando a ser titular en los últimos seis partidos de temporada. Sin embargo, pronto se dio cuenta que incluso su capacidad física era limitada para practicar a la vez los dos deportes y comprendió que había llegado el momento de tomar una decisión que marcaría el resto de su vida.



Centrado en el baloncesto y la familia
Puede ser que el fútbol americano le abriera las puertas al deporte y la universidad, pero fue el baloncesto quien realmente le hizo ser un jugador destacado. Nate se erigió en un puntal del equipo durante su primera temporada (promedió 13 puntos, casi cuatro rebotes y más de dos asistencias por encuentro) y tras este primer año tomó un camino sin retorno: si quería ser algo en el baloncesto debía concentrar todos sus esfuerzos en ello y abandonar el fútbol americano. “Seguro que echo de menos el fútbol americano, pero adoro el baloncesto. Simplemente me gusta más el baloncesto”, afirmaba en su época universitaria.

Figura clave en el desarrollo deportivo de Nate, fue Lorenzo Romar, entrenador de la Universidad de Washington y, seguramente, el técnico que más ha confiado en el menudo base. Romar nunca antepuso sus intereses al deseo inicial de Robinson por compaginar programas deportivos, al contrario. “Me gustan los deportistas que practican dos deportes, especialmente si uno es el fútbol americano. Ellos tienen una tenacidad y una movilidad que otros no tienen”, aseguraba un técnico. Quizá por que se entendieron desde el principio su amistad fue haciéndose más estrecha hasta el día de hoy. A Romar no le costó elogiar el juego de un base que catalogaba como imprevisible. “Es imposible no tener noticias de él si ves cinco minutos de un partido”, señalaba y de él destacaba la magia de su baloncesto. “Es un don que muy pocos tienen”, decía. Seguramente él fue también quien le vio con visos de ser estrella y por ello le dio desde el primer año de universidad el rol de titular. “No sé ve muy a menudo a un jugador de su talla dominando el juego. No digo saliendo en highlights sino dominar el juego en ambos lados de la pista. No puedes esperar a ver que será lo siguiente que haga. No te lo quieres perder. No quieres que te lo cuenten, quieres verlo por ti mismo”, comentaba.

Ya con el baloncesto como única vía deportiva en la carrera de Robinson, el segundo año en la Universidad se consolidó como estrella progresando y destacando en todos los aspectos del juego. “Nate puede anotar, asistir, rebotear en ataque, robar balones, sacar faltas, estar en todos los lados. Todos los aspectos estadísticos aparen llenos cuando termina un partido”, comentaba Romar. La relación entre jugador y entrenador fue tal que Nate Robinson quiso agradecer su apoyo haciéndole partícipe del día más feliz de su vida: el nacimiento de su hijo Nahmier. Lorenzo Romar estuvo a su lado en el momento en el que cortó el cordón umbilical, un instante inolvidable para el jugador. “Siempre podré decir a mi hijo que el entrenador Lorenzo Romar estuvo aquí cuando nació. Creo que es una de las mejores cosas que me han pasado en la vida”, señalaba Robinson.

En mitad de su desarrollo profesional, Nate era padre, un cambio de estilo de vida radical en muchos aspectos que, lejos de convertirse en un problema, asumió con naturalidad. “Ya con 11 y 12 años, cambiaba los pañales a mi hermana pequeña. Fue algo natural, me encantan los niños”, afirmaba un Nate Robinson al que en lo personal la paternidad le hizo madurar de forma prematura. “Tengo que aprender muchas cosas, quiero que mi padre me enseñe y hacer las cosas de familia que yo hice con mi padre y mi madre”.

Y si en lo personal su vida cambió, en lo profesional poco o nada lo hizo. Y si lo hizo fue a mejor porque, como muchos de sus compañeros afirmaban, el nacimiento del pequeño Mir Mir (apodo que le pusieron en el vestuario) tuvo una influencia positiva en el juego del base. “Creedlo o no, pero sólo me ha hecho centrarme más”, decía Robinson. “Sé que tengo que ser más tenaz, trabajar duro y si algún día olvido de donde vengo, sólo tengo que mirar a mi hijo para saber lo duro que tengo que trabajar”, contaba. Simplemente, el nacimiento de Nahmier le hizo redoblar esfuerzos en busca de alcanzar su gran sueño: “Sé que quiero una mejor vida para mí, mi familia y mi hijo”.



La hora del gran salto
Con esta nueva motivación personal, Nate Robinson sintió que su tercer año en la Universidad podía ser el bueno y, con ayuda de su amigo Jameer Nelson, desistió de dar el salto a la NBA porque, pese a los buenos campus Pre-Draft, nadie le pudo asegurar ser una primera ronda. Además, dentro del equipo habían puestas muchas ilusiones y sobre todo un gran deseo de revancha tras ver como en la temporada previa se perdió en primera ronda frente a UAB Blazers por 100 a 102. El objetivo era la Final Four de la NCAA. De entre todos los jugadores quizá nadie tenía más deseos de alcanzarla que Nate Robinson pues en él pesaba la amargura de ver como sus 27 puntos frente a los Blazers no habían servido para llegar más lejos. Con ese amargo recuerdo como acicate y la emergente presencia de Brandon Roy, el equipo llegó al Sweet Sixteen en 2005. Restaban dos victorias para llegar a la Final Four, pero Louisville le apeó del camino con los ex ACB Juan Palacios y Taquean Dean como protagonistas.

El sueño de ganar la NCAA no pudo completarse, pero el deseo de ser una estrella en la NCAA era una realidad (en su tercer año promedió 16,4 puntos, 4,5 asistencias y 3,9 rebotes por encuentro) y, terminada la temporada, sintió que ya estaba preparado para jugar entre los mayores. Ahora sí, ya no había vuelta de hoja y pese a la presencia en el equipo de otra estrella como Roy y las promesas de reclutamiento de Martell Webster y Jon Brockman, Nate Robinson decidió dar el salto a la NBA.

A su favor tenía la espectacularidad de su juego y los números de un jugador que ya era conocido por todos en el país. En su contra, las perennes reticencias que crea la estatura. Medir 175 centímetros es algo que siempre frena a los directivos de la NBA, pero por suerte éste es un problema que sólo existe en sus cabezas, porque fuera de ellos los límites nunca los ha marcado una regla de medir. Durante muchos años Nate había combatido a los estereotipos de su talla con grandes dosis de persistencia y energía, y si en la universidad desoyó la voluntad de muchos por dedicarse al fútbol americano, a las puertas de entrar en la NBA los prejuicios de unos cuantos no iban a torpedear su ilusión. Tal y como afirma Lorenzo Romar “Él es el único que no sabe que mide 1,75 metros” y nadie que no fuera él mismo iba a decirle a Nate dónde estaría su límite como jugador.

Tan cerca y tan lejos, el Draft se erguía como el último gran obstáculo que saltar antes de alcanzar aquello por lo que tanto perseveró. En Seattle, a miles de kilómetros de Nueva York y rodeado de toda su familia, Nate Robinson vivió una intensa noche de Draft donde el teléfono se convirtió en el centro de atención. Debía de sonar, (“tenía que sonar” pensaría el jugador) habían tanto motivos por los que debía sonar el teléfono que la espera se hizo eterna. Los minutos fueron pasando como horas y pesando como losas sobre la moral de todos los reunidos hasta que por fin el gran momento de Nate Robinson llegó… o, mejor dicho, sonó.

Todo se olvida cuando la felicidad golpea con virulencia tu puerta y, por ello, cuando Phoenix Suns pronunció su nombre en el puesto número 21, los años de entrenamiento a la sombra de fútbol americano, las burlas de los rivales por su altura y los sacrificios por una familia en ciernes fueron formateados de su recuerdo. Fue entonces, mientras Shenna sostenía en brazos a Nahmier y sus amigos se agolpaban alrededor suyo para intentar escuchar una conversación de la que sobraban las palabras pues cada uno imagina la felicidad con un discurso propio, cuando la felicidad se hizo realidad.

Nada importó que poco tiempo después fuera enviado a New York Knicks junto a Quentin Richardson , estaba en la NBA y lo hacía bajo una señal premonitoria ya que el número 21 con el que fue elegido coincidía con la fecha (21 de mayo de 1997) en la que murió su hermano, Deron Isiah Robinson, victima del síndrome de muerte súbita lactante. Aquella tragedia le marcó profundamente y, en honor al hermano perdido, años más tarde Nate Robinson se hizo un tatuaje en su bíceps izquierdo que toca antes de jugar un partido. “Pensar en él mantiene mi mente concentrada”, recuerda. Quizá por todo ello, Robinson sintió aquella noche de Draft que algo había sucedido y pensó que alguien en algún lugar le estaba ayudando en la búsqueda de su felicidad. “Creo que es una señal para mí”, pensó Robinson. Y los buenos presagios se cumplieron…

 
ACB.COM

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