domingo, 11 de agosto de 2013

Equipos que cambiaron la historia: Real Madrid 1989-90, con George Karl

George Karl fue el flamante fichaje para el banquillo blanco en el verano de 1989
REAL MADRID 89-90
Y el hombre llegó a la Luna. Y en baloncesto, Fernando Martín llegó a la NBA. O sea, la luna. O Marte. Algo alcanzable por el empecinamiento del bueno de Fernando tan sólo. Nada más. Y de repente, alguien de Marte, de aquel planeta tan alejado, por un cúmulo de casualidades, aterriza en nuestro planeta, en la ACB.
Ramón Mendoza, presidente del Real Madrid, tras el fallido intento por lograr el título de liga en 1989 con, posiblemente la mejor plantilla de la historia del club blanco (sí, fue el año de Drazen Petrovic), opina que el periplo de Lolo Sáinz como entrenador del club, algo que llevaba ejerciendo desde 1975, había finalizado. Y le nombra general manager. Medida que por mucho disimulo por el que tuvo que pasar, a Lolo no le gustaba nada. A él lo que le gustaban, eran los banquillos, como demostró yéndose un año más tarde a uno de los más atractivos del país, del que ya hemos hablado en este serial: el Joventut de Badalona. Director deportivo, general manager, como quieran llamarlo, era algo que en España, en 1989, ni se sabía qué demonios era. Como toda la vida, los entrenadores decidían los fichajes. Una figura así, era tomado por muchos una frivolidad, al que tan sólo tenía acceso el Real Madrid.
Sobre su sustituto, se barajaron todo tipo de nombres, renombrados en Europa, consolidados o prometedores en España. Y de repente, en el mayor de los secretos y casualidades, aparece George Karl, casi entrenador del año en la NBA dos campañas antes y que tras un periplo en la CBA (Continental Basketball Association), aterriza en la capital de España. Karl, una mente muy brillante de los banquillos, criado en la escuela de North Carolina (de hecho, en 1971 jugó con tal universidad, frente al Real Madrid,en el afamado Torneo de Navidad que organizaba el club blanco), aterriza junto a su primer americano, Vincent Askew (el mismo que tuvo que volverse pocos días después, porque no pasó el reconocimiento médico del Dr. Del Corral), y lo primero que pregunta es dónde estaba la sala de vídeo. A Lolo tan sólo le faltó contestar algo así como 'querido George, aquí nos conocemos ya todos'. Pero aprovechando que en ese verano había obras en la Ciudad Deportiva, sirvió como excusa para decir que estaban reformándola.
De verdad, créanme que lo que llegó a la Liga Endesa fue un verdadero marciano, un hombre adelantado 20 años a su tiempo. Introdujo en España unos términos y una forma de trabajar por el que hoy estamos familiarizados. Pero no en 1989. El shock que pudo suponer ver sus sistemas, comprobar cómo dirigía los partidos, eso sí que es cambiar la historia de la Liga Endesa. Con su meticuloso scouting, creaba unos dossieres detalladísimos de todos los jugadores de las plantillas rivales. Pero de todos. Villalobos recordaba hace poco “aún debo tener por ahí aquellos tochos que nos pasaba. De jugadores muy secundarios, como pudieran ser Juan Carlos Barros o Abel Amón, recuerdo que tenía anotados casi hasta la marca de ropa interior que utilizaban. Él te decía que si frenabas el juego de Rafa Vecina en poste alto, anulabas el 80% del juego del Caja de Ronda. Y me ponía a mí para defender en poste alto esos pases”. Su estudio llegaba hasta el tanto por ciento de decisiones que tomaba un jugador, si era pívot, cuantas veces decidía tirar desde poste bajo, cuantas veces sacaba el balón, o lo doblaba...Una verdadera computadora humana. Scouting milimétrico de las manías individuales de los jugadores, más que los sistemas de forma global, para poder contrarrestar su juego.
Mike Anderson fue un base que corría la pista a gran velocidad, ideal para los sistemas blancos aquel año
Durante la preparación en verano de su aterrizaje en la capital española, el Real Madrid estaba convulso porque intuía lo que posteriormente se convirtió en un hecho: Drazen Petrovic hizo acto de aparición en la presentación del equipo, pero fue el único día que coincidió con George Karl. Viajó a Portland para jugar en la NBA. Eso, a George Karl, tampoco le importó mucho. Que el jugador europeo más determinante abandonase la disciplina blanca, no resultó ninguna tragedia para él. “Francamente, no creo que le conociese como para evaluar su pérdida”, alguien cercano al club confiesa. Él se trajo dos estadounidenses que le servían para su baloncesto, para montar el equipo, que ni de lejos eran estrellas rutilantes: un ala-pívot defensivo, sacrificado y reboteador, llamado Ben McDonald y un base velocísimo, que sin ser un buen director de juego, sí que aceleraba mucho el tempo del equipo, llamado Mike Anderson.
Junto a ellos, José Luis Llorente, José Biriukov, Quique Villalobos, Josep Cargol, Fernando Martín, Fernando Romay y Antonio Martín formaban el grueso de aquella plantilla. Y Karl, tan contento, porque el equipo era lo que él quería. Sobre todo polivalente, con muchos de sus pupilos que podían jugar en posiciones del campo muy diversas. Se frotaba las manos cuando vio a José Biriukov, con su extraño pero efectivo tiro de tres y su gran capacidad para jugar al poste bajo. Lo mismo le pasaba a Mike Anderson, todo un maestro del poste bajo con su poco más de 1.80 de estatura. McDonald podía defender tanto a pívots como a escoltas. Llorente tenía seis marchas en sus piernas, lo mismo que Villalobos. Antonio Martín podía lanzar triples con efectividad, Fernando Romay era un sólido intimidador. Estamos hablando de unos años en que los bases eran bases, los aleros ejercían de aleros y los pívots, de pívots. Y luego estaba Fernando Martín.
A Martín le dio todos los galones de estrella. Y eso, al bueno de Fernando, le hacía muy feliz. Por una parte y aunque él fuese el protagonista principal, veía que se jugaba en equipo, algo bastante distante a cómo se jugaba la temporada anterior. Y por otro lado, George Karl significaba para él seguir aferrado de alguna manera a la NBA. Aquello que tanto anheló Fernando, sentía que no se había desconectado definitivamente de aquel mundo con la llegada de George Karl.
George Karl rotaba a los jugadores cada siete minutos. En nuestro baloncesto, sobre todo en los medios de comunicación, aquello era inconcebible. Los jugadores titulares solían estar una media de 35 minutos por partido, para que se rotase a los jugadores constantemente, intentando prevenir la fatiga debido al enorme desgaste defensivo al que les sometía (dicen que tenían como 70 sistemas defensivos diferentes que tenían que estudiar los jugadores. Muchísimos menos en ataque, donde se ejercía mucha libertad de decisión tras posiciones iniciales). Y se ganaban partidos, y se empezó muy bien, pero Karl se fue creando enemigos por su manera de entender el baloncesto. Ganaron en campo del CAI Zaragoza, del Taugrés, al Joventut de Badalona y al F.C. Barcelona en las primeras 6 jornadas a su manera. Perdieron su primer encuentro ante el Caja de Ronda, en el último partido que disputó Fernando Martín, pues empezó a resentirse de sus perennes dolencias en la espalda y no pudo ayudar a los suyos en la derrota en Ferrol ante el Clesa, con aquel famoso triple de Ricardo Aldrey sobre la bocina, donde una repetición posterior mostraba que pisaba claramente la línea de 6.25 . La trayectoria deportiva no era nada mala, pero tanto directivos como especialistas de la materia, criticaban la falta de dirección en la pista y el que con tanta rotación, no daban tiempo a que un jugador llegase a encontrarse cómodo en la cancha. Aunque para George Karl, sus verdaderos enemigos eran los árbitros. Karl no podía entender la diferencia de criterios arbitrales de un partido con otro. No lo entendía.
Y tras un parón para que la Selección Española disputase partidos de clasificación de cara al Eurobasket de Roma en 1991, un 3 de Diciembre se desmoronó todo por lo que Karl había estado trabajando. El destino golpeó a la Liga Endesa como nunca jamás lo ha hecho. Fernando Martín fallece el accidente de tráfico yendo al Palacio de los Deportes para asistir como mero espectador al encuentro frente al CAI Zaragoza, pues seguía convaleciente con sus problemas de espalda. Y aquella tragedia hundió humanamente al baloncesto español y deportivamente al Real Madrid. Ya nada encajaba. Como si de la película “Moneyball” se tratase, aquellas piezas en el connjunto blanco, funcionaban. Había cuestiones que limar, pero aquel grupo encajaba y ganaba. Sin Fernando, un juego interior totalmente descompensado, con el añadido que se sustituyeron los dos americanos por un base más director, aunque mucho más lento, como Dennis Nutt, y un alero mucho más exterior que McDonald, llamado Anthony Frederick, dejaba desguarnecido bajo los aros al equipo de Karl. Se trajo como fichaje de urgencia a José “Piculín” Ortíz, pero ahora lo que estaba desnudo era la posición de base, puesto que solamente tenían uno: José Luis Llorente.
Caja de Ronda, Cajabilbao, Fórum Filatélico...eran derrotas que mostraban un equipo vulnerable. Y sobre todo, de aquel festín que se dieron en las primeras jornadas ante el F.C. Barcelona, ya no quedaba nada. La clara sensación que los azulgranas, con Norris recuperado tras su lesión y el fichaje de David Wood, parecían ser un equipo inalcanzable. Para más inri aún, José Biriukov, el segundo jugador más destacado de la plantilla, le lesionó de gravedad, diciendo adiós a la temporada a poco más de la mitad de la misma.
El Real Madrid llegó a la final de la Recopa, perdiendo ante la Knorr Bolonia en un día lleno de infortunio (79-74) y en las semifinales ligueras, a la deriva completamente, se arrodillaron ante el Ram Joventut por un contundente 0-3, con el Real Madrid teniendo el factor cancha a favor.
En aquel final, no quedaba nada de las ilusiones iniciales. A nivel de resultados fue una temporada decepcionante. George Karl abandonó la disciplina blanca, eso sí, con el terrible cariño de todos sus jugadores, porque humanamente, fue un entrenador excepcional...para volver doce meses después, aunque eso fue ya otra historia. Una historia que nos dice que en 2013 fue el “Entrenador del año” en la NBA, nada menos. Karl trajo su scouting, sus rotaciones, su agresividad defensiva, el uso de la polivalencia de sus jugadores, los espacios en la zona creados por los grandes, para que los pequeños penetraran... Una sucesión de situaciones que hoy día pueden explicar las claves de un partido, pero que por aquel entonces, nos sonaban a chino. Era como pegarnos contra un muro, que nadie atajó a descubrir que se llamaba futuro.

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